Después de dos guerras que los europeos han calificado de “mundiales” (aunque en realidad toda guerra destruye el mundo de alguien, en cierto sentido, para quienes la padecen, todas las guerras son mundiales), las reflexiones que buscaron comprender por qué los seres humanos habían perdido su capacidad para saber qué es lo importante florecieron, y algunas incluso dieron fruto.
Los pensadores se abocaron a estudiar los fenómenos de la alienación, la enajenación, el desarraigo, la “inautenticidad”, la falta de sentido: filósofos, científicos sociales, psicólogos, escritores, místicas… Y entre los más afortunados intentos, estuvieron los de los poetas.
Uno que afortunadamente se volvió clásico es el del piloto aviador y escritor Antoine de Saint-Exupéry, autor de libros como Vuelo nocturno, pero conocido, one hit wonder de la literatura, por El Principito.
Este breve texto ilustrado se camufla tras la inocencia de un libro que parece querer dirigirse a los niños (será que los locos y lo niños dicen la verdad) para aprovechar la sinceridad, el hablar sin filtros, pero en realidad está dirigido no solo a niños o a jóvenes, sino a adultos de amplio criterio.
Si la tradición de escribir libros de consejos para los príncipes había llevado a Nicolás Maquiavelo a producir un clásico breve, y un parteaguas, como El Príncipe, que en plena segunda guerra mundial inspiraba a Mussolini (como antes había inspirado a Napoleón) y era estudiado en la cárcel por Antonio Gramsci, en cambio, Saint-Exupéry, hombre de acción y piloto de guerra de la Fuerza Aérea Francesa, decidió subvertir el género: aquí un pequeño Príncipe da lecciones (sin sermones) a un piloto perdido en el desierto.
Si Maquiavelo recomienda a su condottiero usar todos los recursos necesarios para alcanzar el poder, mantenerse en él y gobernar (unificar Italia), en el caso de Saint-Exupéry, el pequeño Príncipe enseña al piloto y a sus lectores a vivir.
Mientras que la mirada descarnada de Maquiavelo enseña a administrar, gestionar, dominar y, por tanto, usar a las personas, la mirada encarnada del pequeño Príncipe enseña a ser responsable, crear vínculos, cuidar tu entorno, seguir rituales, compartir amistad, reflexión, amor y poesía.
Ya la mirada seria, técnica, adulta, de los seres humanos había generado un mundo administrado, en el que los seres humanos abordan y descienden de trenes, sin que se sepa bien a bien a dónde van, ni por qué o para qué, en cambio, el pequeño Príncipe recomienda buscar a tu rosa y hacerte responsable, cuidar tu planeta, buscar amistades más que riquezas.
El libro de Saint-Exupéry se volvió un best-seller traducido a varios idiomas, hoy es un clásico. Sin embargo, erróneamente lo acomodamos en el mundo de la literatura para niños o, peor aún, para adultos que recuerdan de manera nostálgica (y falseada) la niñez. Y no lo hemos clasificado en donde debe estar: entre los libros de sabiduría de los poetas.
Quizá porque hoy se privilegia la información (y el poder, Maquiavelo sigue siendo hegemónico) y porque a la sabiduría se le ve como algo ridículo, y a la poesía como una cosa cursi; pero debido a esos prejuicios, inducidos por la influencia fetichizada del monopolio tecnológico (y bélico) y sus falsos oropeles, despreciamos garbanzos de a libra como esta reflexión de un rey narrada por el pequeño Príncipe:
“Hay que exigir a cada uno lo que cada uno puede hacer –replicó el rey –. La autoridad reposa, en primer término, sobre la razón. Si ordenas a un pueblo que vaya a arrojarse al mar, hará una revolución. Tengo el derecho de exigir obediencia porque mis órdenes son razonables.”
Acerca de la condición humana, el hecho de que estaba en riesgo la sobrevivencia de la humanidad, y la necesidad de una nueva sabiduría que diera sentido a la existencia humana, estaban reflexionando por todas partes filósofos y teóricas, escritoras y poetas, letristas de canciones, cineastas, oradores incansables dando entrevistas en medios. Pero Saint- Exupéry puso su mensaje escondido en las convenciones del relato maravilloso (los cuentos feéricos) y dejó en él aforismos dignos de la mayor atención y el más reflexivo respeto. Como éste, enunciado por un animal que proverbialmente ha sido vehículo literario del saber, un Zorro:
“He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.”
Sabiduría así se puede encontrar en textos filosóficos, teológicos y místicos, arduos de leer. En El Principito, es sabiduría escondida a la vista de todos, dicha de modo sencillo para que la vea quien quiera ver, y quien no la desee, simplemente alce los hombros.
Antoine de Saint-Exupéry, El Principito, Colofón, México, 2023.













