Hotel Abismo: Adolfo Gilly nos alertó desde 2006 sobre el populismo y su raíz fascista

Por Javier Hernández Alpízar

Hace pocos meses comentamos un libro publicado en 2018 (Federico Finchelstein, Del fascismo al populismo en la historia, Taurus, Buenos Aires), libro que nos indica históricamente que: “El populismo es una forma de democracia autoritaria que originalmente surgió como una reformulación de posguerra del fascismo.” El populismo, se diga de izquierdas o de derechas, tiene su semilla en el fascismo: Hitler, Mussolini, Franco, Juan Domingo Perón, etcétera. Al ser derrotado el fascismo, se tuvo que reformular en clave “democrática”, es decir en clave electoral. Se convirtió en una “democracia autoritaria” que tensa la situación a los límites de la dictadura sin dejar de basarse en las elecciones. La tríada fascista líder-masas-nación es retomada por el populismo y transformada en una política de manipulación nacionalista de masas. Se reduce el pueblo a la mayoría electoral, aunque pueda no ser realmente la mayoría, por ejemplo, en México 30 millones de votos, en un país de más de 120 millones de mexicanos.

El libro de Finchelstein se publicó en 2018, de manera que no aborda el régimen populista de Obrador, pero describe populismos que se parecen tanto a Obrador que se podrían transcribir párrafos enteros y ver al presidente mexicano retratado, cuando en realidad el autor está hablando de Perón, Trump, Berlusconi y otros populistas. Estos doce puntos en que sintetiza Finchelstein al populismo parecen una radiografía del régimen de Obrador:

  1. La adhesión a una democracia autoritaria, electoral, antiliberal, que rechaza en la práctica la dictadura.

  2. Una forma extrema de religión política.

  3. Una visión apocalíptica de la política que presenta los éxitos electorales, y las transformaciones que esas victorias electorales posibilitan, como momentos revolucionarios de la fundación o refundación de la sociedad.

  4. Una teología política fundada por un líder del pueblo mesiánico y carismático.

  5. La idea de que los antagonistas políticos son el antipueblo, a saber: enemigos del pueblo y traidores a la nación.

  6. Una visión débil del imperio de la ley y la división de poderes.

  7. Un nacionalismo radical.

  8. La idea de que el líder es la personificación del pueblo.

  9. La identificación del movimiento y los líderes con el pueblo como un todo.

  10. La reivindicación de la antipolítica, lo que en la práctica implica trascender la política tradicional.

  11. La acción de hablar en nombre del pueblo y contra las élites gobernantes.

  12. Presentarse a sí mismos como defensores de la verdadera democracia y opositores a formas reales o imaginadas de dictadura o tiranía (…).

  13. La idea homogeneizadora de que el pueblo es una entidad única y que, una vez el populismo convertido en régimen, este pueblo equivale a sus mayorías electorales.

  14. Un antagonismo profundo, incluso una aversión, con el periodismo independiente.

  15. Una antipatía hacia el pluralismo y la tolerancia política.

  16. Un énfasis en la cultura popular e incluso, en muchos casos, en el mundo del entretenimiento, como encarnación de tradiciones nacionales.”

En México, el historiador, activista y pensador Adolfo Gilly, cuyo deceso lamentamos, nos alertó desde 2006 sobre la tendencia totalitaria que estaba ya como semilla de una futura política autoritaria (populista y con guiños fascistizantes) en el líder, entonces opositor, Andrés Manuel López Obrador

Así lo describió Gilly en su artículo “Reflexiones para una izquierda no subordinada”, publicado el 28 de noviembre de 2006 en La Jornada.

Tal como se organizó la CND [Convención Nacional Democrática, nombre tomado de la realizada durante la revolución mexicana y que el EZLN también había usado ya en la CND con sociedad civil mexicana y zapatistas, realizada en Chiapas el 6 de agosto de 1994] el 15 de septiembre [de 2006], su dirección nominal fue plebiscitada a mano alzada en una asamblea multitudinaria. No hubo ninguna Convención con discusión política y delegados –escribió Gilly–. La dirección real quedó concentrada en la persona y el mando de López Obrador. En ningún momento la CND ha llamado, convocado o propuesto impulsar cualquier forma de organización desde abajo, autónoma y no clientelar, para luchar por los objetivos ahora fijados.”

En la CND obradorista en la Ciudad de México, nos dijo Gilly, se consolidaron el líder único y su poder sobre masas que no se organizan, sino que reciben su mandato del líder único. El autoritarismo y el culto a la personalidad actual ya estaban ahí en su inicio.

Quienes se hayan afiliado a la CND –continuó Gilly– son declarados “representantes” directos de López Obrador en su calidad de “Presidente Legítimo” y son investidos como tales mediante una credencial personal firmada por el mismo López Obrador. Es decir, un “Presidente legítimo” dará mandato con su firma a millones de sus representantes, que serán entonces sus mandatarios, en lugar de que millones de votantes designen como su mandatario a quien elijan como presidente. Esta inversión de papeles, más allá de lo que puedan haber creído o entendido quienes la establecieron, define una relación unipersonal totalitaria entre dirigente y masa. Vuelvo a remitirme aquí a Elías Canetti, en Masa y poder, o a los Cuadernos de la cárcel, de Antonio Gramsci.

Gilly indicó claramente la inversión entre líder y bases, por la cual el líder es fetichizado y las bases son cosificadas, reducidas a una masa que necesita que le digan qué hacer (como describió Canetti en Masa y poder). Los cuadernos de la cárcel fueron escritos ´por Antonio Gramsci desde las mazmorras en las que lo encerró el fascismo, y desde ahí reflexionó en conceptos como “bonapartismo” o “cesarismo plebiscitario” que describen los regímenes de un solo líder carismático; un régimen que puede retomar algunas banderas de las clases subalternas para hacer una “revolución pasiva”, es decir, desmovilizar a las masas, y hacer una revolución burguesa desde arriba, impulsando el capitalismo pero con ademanes “revolucionarios” que se vuelven gatopardismo. El militarismo de Mussolini es también un dato que en 2006 no tuvimos en cuenta, pero hoy no podemos soslayar. En 2006 Obrador dijo a Tony de la Garza, embajador estadunidense, en reunión secreta en la embajada de Estados Unidos en México, que si llegaba al poder militarizaría la seguridad pública.

La forma de conducción política personal (el “liderazgo”) de López Obrador –aclaró Gilly– no es heredera directa de Benito Juárez sino de Tomás Garrido Canabal, político tabasqueño de los años 30. El movimiento electoral de masas centralizado en su mando y en su persona corresponde a una tipología definida y a una situación de fragmentación y de equilibrio catastrófico como la estudiada por Antonio Gramsci en la Italia de los años 30.”

Tomás Garrido fue un líder populista que encabezó un movimiento jacobino y anticlerical, principalmente juvenil, sus camisas rojas, se proponían desterrar la religión e imponer el ateísmo y un “socialismo” nacionalista. Si ponemos un líder evangélico y calvinista que usa la religión en lugar de “combatirla”, en efecto, Garrido Canabal es muy parecido a Obrador. La violencia menos sublimada de Canabal se ha vuelto en Obrador violencia verbal y linchamientos morales, sin olvidar repetimos, su omisión frente a la violencia organizada y el militarismo. Los jóvenes camisas rojas de Garrido Canabal quemaban imágenes religiosas, recientemente los camisas guindas obradoristas quemaron la efigie de la presidenta de la SCJN:

La Italia de los años 30, tras la Gran Depresión de 1929, es la de la formación del fascismo que encabezó Mussolini e inspiró a Hitler en Alemania.

La escenografía de la “toma de posesión” en el Zócalo el 20 de noviembre –reflexionó Gilly—, con el Presidente en figura solitaria que protesta con el brazo extendido, el águila inmensa detrás y toda la demás parafernalia ceremonial, parecía extraída de una película de aquellos tiempos. Los símbolos no son neutros: tienen sentido y mensaje, aunque sus diseñadores no lo sepan.”

El águila fue retomada por Mussolini de los escudos del Imperio Romano, y ha sido siempre símbolo de un poder opresor, No olvidemos que es también símbolo de los Estados Unidos. La toma de posesión como “presidente legítimo” fue vista por Gilly como una escenografía protofascista.

Grandes masas agraviadas y exasperadas –siguió explicando Adolfo Gilly– pueden moverse tras tales direcciones y buscar por esa vía sentidas demandas que los desprestigiados politicastros dejan de lado. Es preciso tomarlas en serio y prestar atención a sus motivos y sus modos. Pero lo asombroso, y hasta desconcertante, es que tantos intelectuales y figuras políticas de la antigua izquierda se alineen deslumbrados y acríticos tras esa conducción.”

Adolfo Gilly reclamó a los intelectuales que apoyaron a Obrador no leer críticamente el movimiento de masas protofascista que se estaba cocinando. Los zapatistas dijeron que esos intelectuales, con su aliento, estaban dando calor a “El huevo de la serpiente”, aludiendo a un filme que retrata esos años de formación del fascismo.

Federico Finchelstein ha descrito cómo en su país, Argentina, la dictadura fascista de Juan Domingo Perón se reformuló e la política de masas populista posterior, el peronismo. Luego ese populismo ha tenido otros representantes como Evita, Menem (si, hay populismos neoliberales), los Kirchner (primero neoliberales y luego neoconversos a la izquierda, con Cristina). Su idea es que casi nunca el populismo regresa a su raíz fascista, solo en muy pocos casos.

Sin embargo, pensando en cómo el populismo (recordemos cómo en otro artículo, en La Jornada, Pablo González Casanova usó los dos términos para referirse al gobierno de Obrador: populismo y neoliberalismo) destruye la idea de democracia al fetichizarla en un líder y sus seguidores, descartando toda voz o acción crítica, nos parece que la alerta que dio en 2006 Adolfo Gilly fue muy importante. Que la izquierda la haya desoído es otra cosa. Su diagnóstico tuvo muchas coincidencias con el del EZLN en “La (imposible) geometría política el poder” y la “Sexta Declaración de la Selva Lacandona”.

Hoy que los populismos de izquierdas y derechas en el mundo conviven, a veces antagónicamente, a veces aliados, con el neofascismo (en México, ultraderechistas del PES, el Verde, el Yunque han estado en las filas de la 4t), nos harán falta mentes críticas como las de Gilly y González Casanova, que alertaron en su momento sobre lo que venía: populismo, protofascismo, tendencias al totalitarismo. La memoria es un elemento clave de la resistencia.

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