Celebrando la vida

Jazmín. No Yazmín. Jaz-mín. Con el sonido raspando la garganta, empujado desde el estómago, fuerte: Jazmín. Abriendo la boca, recogiendo el aire con la lengua: Jazmín. Ella así lo decía porque su nombre reflejaba bien su carácter: dulce y empecinada.
Jazmín era la prima de mi edad. Más grande que yo por 23 días, pero me adelantaba por más que eso.
Físicamente creció primero que yo. Era una niña gordita, alta, que se sentía incómoda por no ser igual a todos los niños de su salón. En sus años de belleza televisiva -cuando su cara aparecía en espectaculares de Tepic- me gustaba que me contara la historia de cómo en la primaria, ella era la más solicitada para jugar “cerobrasero”.
Cerobrasero es el juego donde los niños se ponen en forma de mesa, apoyando sus rodillas y codos en el suelo, mientras otros niños se apoyan en su espalda y brincan. Era emocionante brincar a Jaz, porque era alta y ancha; lo malo es que cuando ya era su turno de brincar, ningún niño quería ponerse en el suelo porque estaba pesada.
Jazmín recordaba esa historia con tristeza, porque la primaria fue una época difícil para ella, estuvo incómoda, se sentía diferente; pero recordarlo y reírse, probaba que ella podía lograr todo lo que quisiera. Ya fuera estudiar en el ITESO con beca y otros trabajos; o ser admitida en la maestría de la UAN.
Sabía reírse de sí misma, y de mí.
Justo después de que yo me carcajeara con su historia de cerobrasero, ella recordaba una historia donde yo no me podía poner un traje de baño. El traje, de dos piezas, simplemente no tenía ni pies ni cabeza, no me quedaba, y yo estaba muy molesta, empecé a gritar y renegar; no fue sino hasta que mi hermana entró al baño -y me informó que me estaba poniendo la pieza que iba abajo, en la parte de arriba y viceversa- que me calmé. Pensé en escribirlo porque Jaz no puede replicar, y es lo justo. Además porque mi prima se carcajeaba con esa historia, enseñando sus dientes perfectos, resultado de años de usar brackets durante su época incómoda.
Ella no era tan perfecta, tenía un diente, que por más que lo trataba de corregir, siempre regresaba a su lugar original; como ella, que, sin importar dónde anduviera -de campa con los scouts; puebleando con su escudero, o viajando con los ambientalistas- regresaba con su familia, como el día que venía a visitarnos y la secuestraron.
Jazmín no soportaba la idea de pasar una festividad sin la familia, para quienes tenía nombres cariñosos: tía malta, tía chelita, tío yilde. A mí me llamaba teté, y así se adueñó de mí.
No recuerdo cuándo me puso ese apodo, tal vez cuando se vino a vivir a Guadalajara a estudiar Ciencias de la Comunicación en el ITESO, donde creía que yo también iba a estudiar y que estaríamos juntas allí también. Estudié en otro lado y no me lo reprochó.
Sí me recordó otras equivocaciones mías hasta el cansancio, porque era importante que me quedara claro lo que no le gustaba, para poder seguir confiando en mí. Así nos hicimos buenas amigas.
Jazmín sabía pedir lo que necesitaba. Cuando quería que hicieras algo lo repetía una y otra vez. Te miraba con sus ojotes y decía: “vamos”. Para cada excusa que le dieras tenía una respuesta, iba haciendo una oferta generosa; ofrecía diversión, compañía, aventura, hasta que dijeras que sí.
En los dos años que estuvo casada, me insistió una y otra vez que fuera a visitarla a Tepic, creí que tenía más tiempo.
Resentí su matrimonio. Alex era mi primo y lo quería mucho, pero apenas me estaba ajustando al cambio que siempre llega cuando una amiga se casa, creí que tenía tiempo.
Jaz me decía que él se reía mucho cuando se acordaba de la vez que vino a Guadalajara a festejar un cumple de ella y fuimos a bailar, hubo muchas cervezas, y cuando salimos, yo le pregunté a Alex como veinte veces que si estaba sobrio, remarcando que nosotras no lo estábamos.
Jazmín era  muy fiestera. Le gustaba bailar, tomar rusos blancos y platicar. Tenía mucha pila, podía ir a 2 ó 3 reuniones sociales en una noche, siempre llegaba tarde.
Era mi compañera de fiestas porque cuando ella vivía en Guadalajara, su novio vivía en Tepic. Tenían un verdadero compromiso el uno con el otro. Él la llamaba Jaz, con toda su garganta.
Aprendí sobre el amor un día que iba en la camioneta de Alex, no recuerdo de dónde veníamos. Jaz iba en el asiento de adelante, dormida, y empezó a roncar, su cabeza se ladeaba; Alex tomó el volante con una mano y con la otra la sostuvo a ella hasta que se acomodó en el respaldo de nuevo. Se amaban.
“Darle muchos besitos a mi novio”-era uno de los pendientes en la carpeta de boda de Jaz, se enojó porque lo leí. Tenían algo muy íntimo.
Yo la quería mucho. Hablo en pasado no porque ya no la quiera, si no, porque la mataron y ya no está. Sí le dije muchas veces que la quería, pero se me quedaron muchos “te quieros” para ella. Y Jazmín me quería. Si yo hubiera muerto, ella estaría contando sobre cierta vez que madrugó en domingo sólo para acompañarme a enmendar un error garrafal que cometí; o cuando me escuchó hablar de mis desamores; los días en que nos desvelábamos contándonos secretos, confesiones, sueños.
La última vez que me preguntó: “¿cómo estás?”, le dije que mal y proseguí a contarle largamente por qué; cuando me disculpé por decirle toda una historia ante una pregunta rutinaria, me dijo: “está bien, somos nosotras”.
Había un nosotras. Jazmín y teté.
Cuando la pienso pasar por los horrores de un secuestro, me asusto, me enojo, me entristezco. Quisiera haber podido hacer algo. Como cuando ella decía que salvé su fiesta de cumpleaños, quisiera que Jaz me hubiera visto hacer algo. Aún sueño con haber podido cambiar el corazón de sus secuestradores, esos muchachitos, Ramón y Luis, que quién sabe si hayan sido ellos.
Aún con lo adorable que era, no todos trataron bien a la prima. Pero ella se vengaba llamándoles minions morados o balagardos, o algo así, palabras que sólo su cerebro podía crear. Seguro a los asesinos les dijo más feo. Yo digo que son unos sanguilos, maldruinos, tristenios, mata jazmines.
Algunos amigos me han dicho que no saben qué decirme para consolarme; otros han hecho un esfuerzo.
Jazmín sí hubiera sabido qué decir, ella inventaba palabras. Alex iba a hacer un diccionario jazminiano.
“Te quiero tingüindina”- tal vez me hubiera dicho.
O tal vez hubiera hecho lo mismo que yo cuando murió su papá, agarré su mano -como muchas otras veces- y acaricié sus dedos apachurrados, parecidos a los de su hermana. Así la recordé cuando yo estaba en Tapalpa, cuando estaba secuestrada y yo no sabía. A lo mejor, para consolarme sólo se hubiera acostado a un lado de mí y hubiera enredado sus pies en los míos, me dejaría llorar un rato y después trataría de hacerme reír con sus chistes lésbicos.
Ella está muerta y a mí me toca vivir esto, porque cuando uno ama, a eso es lo que se arriesga. Y ya que Dios hace milagros, seguro convertirá mi dolor en vida (si lo supero).
Que descancen en paz Jazmín y Alex. Celebro su vida.
Jazmina, Jaz, Jaci, Cacahuatina, puchunga, Jacinta, jazminiana, prima, hermana, hija y amiga.

“Una vida joven que llega pronto a la perfección, denuncia la vejez interminable de los malvados”.  


Publicado originalmente en Algunas letrillas http://algunasletrillas.blogspot.com/2015/01/celebrando-la-vida.html

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