La hegemonía de los medios masivos de información impone el consenso fabricado y manipulado de que la política es lo que hacen los gobernantes, la clase en el poder y sus organizaciones e instituciones. Todo se reduce a quién asume el poder del Estado, cómo lo conserva y cómo se perpetúa en él mediante procesos administrativos de recambios en la élite, como los procesos electorales, y de los partidos políticos como aparatos de representación, supuestamente de los gobernados, pero en realidad, de los poderes fácticos: elites, oligarquías, grupos capitalistas legales e ilegales.
En cambio, la política de los subalternos no aparece en los medios de desinformación masiva, son invisibilizados deliberadamente. Sus formas de organización autogestiva y de participación se consideran fenómenos sociales e incluso culturales, pero no políticos. Porque la hegemonía del pensamiento político dice que el objeto de estudio político por antonomasia es el poder (y poder es el monopolio de la violencia supuestamente “legítima”) y dice que las clases subalternas, los de abajo, “no tienen” poder, sino que son gobernados por los poderosos.
Sin embargo, Hannah Arendt dice exactamente lo opuesto: no son lo mismo la violencia y el poder político. Es más, son mutuamente excluyentes: la violencia no puede fundar un poder político; lo que la violencia funda es una dominación, que durará mientras los dominados la soporten y toleren; y acabará cuando se la quiten de encima. Si los dominados se quitan de encima la violencia que los oprime y domina, entonces sí puede comenzar a haber un poder político: pero ¿qué es un poder político? Es lo que podemos hacer todos juntos, lo que colectivamente decidimos hacer juntos.
Los indígenas mayas zapatistas de Chiapas comenzaron a hacer política desde que comenzaron a emanciparse de la esclavitud (la opresión y dominación) del peonaje por deudas, de ser peones acasillados. Para poder emanciparse tuvieron que huir de las fincas en grupos numerosos y mantenerse juntos para hacer de la defensa de su libertad un objetivo común y una tarea que defienden en común. Estar juntos, en circunstancias adversas, los llevó a organizarse. No tenían ya quien les impusiera un orden desde arriba, así que tuvieron que decidir ellos mismos en colectivo. Cuando comenzaron a tomar decisiones colectivas, a decidir lo que podían hacer juntos, comenzaron a ser libres, y un autogobierno de seres humanos libres es poder político, en la precisa definición que dijo Arendt (inspirada en Aristóteles): autogobierno colectivo entre iguales, poder colectivo de autogobierno y no dominación de unos sobre otros.
De modo que, por humillante que pueda parecer para nuestra orgullosa clase hegemónica: lo que ellos y ellas hacen no es política, es dominación y administración. Los procesos electorales no son sino procesos de administración, rituales de elecciones sin alternativa (y ahora, quizá incluso sin alternancia) en los que la clase gobernante renueva o recicla sus cuadros y los ciudadanos no deciden nada realmente importante, porque son administrados, informados-y-desinformados, aleccionados, contabilizados, normados.
Por el contrario, como nos han mostrado con su autonomía y autogobierno (lo más subversivo de los zapatistas, y lo que el poder, de todos los colores partidarios, no le perdona, es política): es la libertad según los zapatistas. Hoy nombrada como el común. Un autogobernarse en común. Y es una forma de libertad política que están construyendo, a contracorriente y a contrahegemonía, grupos indígenas en diversas partes del país.
Esa libertad y esa distancia de las y los zapatistas respecto al proceso de dominación y administración de México por una oligarquía que ha usado los colores de todos los partidos para seguir en el poder con un proyecto capitalista excluyente y depredador; esa distancia, les ha permitido ver que uno de los fenómenos más graves en el país y en la región (al menos México y Centroamérica, pero podría ser más amplio) es el atentado contra la vida y la integridad personal de las y los mexicanos y de personas de diversas nacionalidades desaparecidas (más de 135 mil personas, un caso único en el planeta) y el hecho de que, valientemente, sus familiares, madres, padres, los y las busquen.
Por eso los zapatistas apuntan al núcleo del asunto: ¿Dónde están? Porque la respuesta a esa pregunta y la solución a ese problema indican lo que México necesita: política y no dominación (carismática o no, populista o no), un autogobierno de los mexicanos que defienda lo más importante, la vida, la integridad biopsicosocial de las personas. La vida, pues.
Por ello, así como fueron a la Europa Insumisa, ahora anuncian que vendrán a la Ciudad de México, a reunirse con el moviente social más legítimo e importante de México y Centroamérica: las madres buscadoras. Nadie estará a salvo ni podrá sentirse seguro mientras no se solucione el problema de las desapariciones: no solamente encontrando a quienes sus seres queridos y amigos buscan, sino parando el fenómeno de la violencia y la desaparición.
Los zapatistas saben que no hay otro camino que el de organizarse y defenderse en común. Es el único mensaje verdaderamente político en un escenario en el que todos los medios y redes hablan de la dominación y la administración, haciéndolas pasar como política. Los seres humanos no debemos ser administrados, tenemos que ser libres, participar y autogobernarnos y defendernos en común.
Los zapatistas tienen esa experiencia de la libertad, la autonomía, el autogobierno, la auténtica y genuina política. Esa es la importancia de su presencia, ese es el peligro para los poderes fácticos que malgobiernan y administran este sufrido país. Por eso al zapatismo lo rodean, en los medios hegemónicos, el silencio o la minimización de su voz y, en las redes, la shitstorm.
Con pocos o muchos recursos, una delegación zapatista vendrá a la Ciudad de México, y su presencia será un lapso de conciencia en medio de una despolitización, polarización y confusión (disonancia cognitiva incluida) de los llamados “ciudadanos”. El día que en México ya no haya desapariciones y ya no haya personas buscadoras, este país le deberá mucho a la resistencia y la rebeldía indígenas que hoy muchos desprecian y minimizan, aunque ellos y ellas luchan por la libertad de todos y de todas, incluidos sus ignorantes o perversos detractores.













