Hotel Abismo: ¿Abdicar de pensar?

Por Javier Hernández Alpízar

Hoy el género humano, la especie humana, está en grave peligro. O deberíamos decirlo mejor en plural: enfrenta graves peligros: la guerra, que podría volverse nuclear y aun sin serlo es altamente letal; la devastación ambiental del capitaloceno; el agotamiento de recursos no renovables como el agua o el petróleo y el desarrollo hipertrofiado de tecnologías que cada vez controla menos, como la inteligencia artificial.

Sin embargo, tal como dijo Luigi Ferrajoli, cuando más se necesita un predominio mundial de la democracia y la observancia de los derechos humanos, lo que prevalece son gobiernos autocráticos y autoritarios, iliberales y neofascistas.

Además, hay un peligro relacionado con lo que Hannah Arendt llamó la condición humana. Un peligro que han señalado desde inicios o mediados del siglo pasado diversas pensadoras y pensadores, como la propia Arendt, Simone Weil y Heidegger: el peligro de que el ser humano abdique de una facultad privilegiada: pensar. Si Pascal escribió que el ser humano era tan frágil como una caña, pero es una caña pensante, hoy el inventor de la primera máquina de calcular (o al menos una de las primeras, exceptuando el ábaco) se horrorizaría quizá viendo que los seres humanos quieren delegar la facultad de pensar en máquinas. Hoy el ser humano quiere ser una caña que le pide a Chat GPT pensar por ella. Y sueña, su sueño de opio transhumanista, con ser una caña irrompible.

Simone Weil, adelantándose a pensadores como el historiador de las herramientas Iván Illich, proponía que las máquinas fueran diseñadas y construidas para evitar que convirtieran al trabajador en un mero operario, incluso para exigirle que pensara, y no para funcionar cada vez de manera más automática dejando a su operador como un apéndice mecánico y dependiente de ella.

Al final de su vida, Illich dejó de confiar en que algo como lo que Weil y él mismo proponían se pudiera hacer: encontrar umbrales, límites que las herramientas no rebasaran, para que no dejaran de ser convivenciales (permitir relaciones humanas de justicia y de amistad) y comenzaran a ser contraproducentes y lesivas de la autonomía del ser humano.

Hannah Arendt también advirtió el peligro de que, puesto que las ciencias estaban desarrollando un alto grado de abstracción formal- matemática de manera tal que ya no se podían expresar discursivamente (o como dicen los filósofos analíticos: en un lenguaje natural), podría llegar el momento en que el pensamiento humano (discursivo) ya no fuera capaz de seguir el know how, el conocimiento tecnocientífico formalizable e inefable. Y en efecto, al menos la mecánica cuántica ya puede operar y predecir fenómenos mediante sus herramientas matemáticas, pero esas conquistas parecen no poder decirse adecuadamente en inglés, español u otro idioma.

Y Heidegger también, de manera clara y enfática, expresó que el peligro es que el ser humano deje de pensar reflexiva- meditativamente y ya solo ejerza el pensamiento calculador.

De por sí el pensamiento humano de solamente calcular medios para obtener fines, o de manejar solamente información y conocimientos especializados, ha sido calificado de pensamiento ciego (Edgar Morin), razón indolente (Boaventura de Souza Santos), razón instrumental (Adorno y Horkheimer).

De diferentes maneras, estos pensadores señalan que el pensamiento se reduce a operar símbolos, a calcular, a elegir medios: pero ya no se pregunta por las cosas mismas, por el mundo en cuanto tal, por su existencia, por el sentido de la vida o el ser.

Y ahora, ni siquiera el pensar calculador quiere ejercer: prefiere delegarlo en una máquina.

Un optimista diría que precisamente si deja en manos de las IA el pensar operativo y calculador o administrativo, será para que el ser humano poetice, filosofe, profetice, ore, medite, pero siendo realistas: no parece ser así: masivamente, el ser humano parece incurrir una vez más en el fetichismo: un fetichismo de la mercancía quintaesenciado en el fetichismo de la tecnología (el más grande fetichismo, según Silvia Rivera Cusicanqui).

Así como el arte pasó de representar a los dioses a representar a los monarcas, y luego a los burgueses y finalmente a los pop stars y a latas de sopa de marca, el ser humano ha pasado de fetichizar deidades a idolatrar líderes carismáticos y ahora quiere pedir a una supercomputadora toda respuesta a sus interrogantes: ¿existe Dios?, ¿qué recurso legal puedo usar?, ¿qué medicamento debo tomar?, ¿qué terapia del alma debo seguir?, ¿qué música escuchar?…

Ya es un hereje, en este contexto digitalizado y virtualizado, el pensador que recomendó: atrévete a pensar y que se propuso responder por su propia cabeza: ¿qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer?, ¿qué puedo esperar?

Como dicen los zapatistas: hoy campa el pensamiento haragán. Parafraseando a Ferrajoli, cuando más necesitamos que todos los seres humanos piensen, y a fondo, que reflexionen, los seres humanos quieren abdicar de su deber y derecho de pensar.

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