… “surgen actualmente retrotopías, que son mundos ideales ubicados en un pasado perdido/robado/abandonado que, aun así, se ha resistido a morir, y no en ese futuro todavía por nacer (y, por lo tanto, inexistente) al que estaba ligada la utopía”…
Zygmunt Bauman.
Como la resaca después de la borrachera de vender futuros paradisíacos (hechos netamente de fetichismo de la mercancía: el paraíso futuro eran escaparates repletos de maravillosas ofertas, verdaderas gangas), pero ante un futuro lleno de incertidumbres (¿cómo viviremos, qué comeremos, hasta dónde llegará la violencia, hasta dónde la devastación del planeta?) y la cada vez más irreprimible certeza de que todo será peor, hoy predomina la nostalgia del Paraíso perdido, lo que Bauman llamó las retrotopías.
Los europeos, ciudadanos y víctimas de la Unión, se refugian en nacionalismos tribalistas y retrógrados; los seguidores de Trump añoran una América grande que siempre los excluyó, pero ahora recuerdan como edad dorada del capitalismo (y el imperialismo, no lo olvidemos), y en México, los obradoristas tienen su propia MAGA: Make the Aztecas Great Again.
Ya no nos recetan meramente el nihilismo de futuro que dijera Karel Kosík, el sacrificio hoy por un futuro mejor, sino que, dado que no hay futuro (los Sex Pistols acertaron), mejor nos refugiamos en el pasado romantizado, idealizado, falsificado.
Obrador dice que no hubo sacrificios humanos en la Mesoamérica prehispánica, pese a que la ciencia arqueológica, antropológica e histórica nos ilustra sobre sacrificios humanos entre mexicas, mayas e incluso toltecas (a quienes tenían idealizados historiadores que ya sabían de los sacrificios humanos en otros pueblos). Los prohispanistas (como Ayuso) idealizan a Hernán Cortés, olvidando que todo el proceso histórico erróneamente llamado “descubrimiento” de América, lo mismo que su conquista y colonización, fue un inmenso y deplorable genocidio, y también un ecocidio.
Pero quizá el viento de la historia (que Bauman retoma del comentario de Walter Benjamin sobre el Ángel de Paul Klee), al no tener ya futuro alguno hacia donde soplar, comenzó a hacerlo en reversa, hacia atrás, hacia lo sido, pero visto como refugio ante el nihilismo que el capitalismo ha construido tenazmente en el presente y el futuro.
Es una suerte de corolario de la incapacidad de imaginar un futuro no capitalista que enunció Mark Fisher: como no hay alternativa al capitalismo y todos los futuros capitalistas son un sórdido y gris, chato mundo sin escapatoria, futuro de explotación y opresión, ya nadie quiere realidades, sino que, diría el graffiti argentino: “queremos promesas”.
Entonces crecen el neotribalismo y los nacionalismos (y soberanismos) de derechas y de “izquierdas”: cada uno buscando regresarnos al ayer, al menos antes de la crisis del 2008, y restaurar el pasado donde había seguridad y libertad, la tierra donde manan leche y miel, tierra de la que el neoliberalismo (no se atreven a nombrar el capitalismo, porque ninguno de ellos es capaz de pensar en un postcapitalismo) y la globalización, e incluso la modernidad, nos expulsaron.
Los exsoviéticos tienen nostalgia de su hoy recordado como idílico socialismo real; los estadounidenses de cuando eran una potencia mundial con su hegemonía indisputada; los europeos suspiran por los Estados nación que los oprimieron antes pero hoy recuerdan como mundos libres.
Y las condiciones que hacen emerger estas retrotopías, que oscilan entre restauracionismos y fundamentalismos nacionalistas (opresores de minorías o imperialistas, cuando pueden), no cambiarán mientras no seamos capaces de anticipar con imaginación, sensibilidad, deseo y razón, un futuro que no sea mera extrapolación de tendencias, mero remake de una belle époque.
Solamente muy pocos están ahora viendo con los ojos bien abiertos la realidad. Entre ellos están los indígenas mayas del movimiento zapatista (del EZLN) que anunciaron hace años que venía la tormenta y se están preparando para atravesarla, navegarla, sobrevivir, y encontrar tras ella una isla, un descanso apenas, y más allá un continente: futuro. Ellas y ellos, zapatistas, conocen lo mejor que pueden su pasado, su historia de resistencia, y ven de frente el presente de destrucción capitalista de la Madre Tierra, por eso son capaces de imaginar-soñar y caminar hacia un futuro que no es nostalgia del pasado, no es retrotopía, sino auténtica utopía: anticipación de lo que todavía no es y que no será sino con su concurso y esfuerzo.
En los márgenes, en las grietas de las ciudades, las megaurbes convertidas en mercancías, festivales, marcas en competencia, ¿seremos capaces de curarnos de la nostalgia (como Ulises se salvó del canto de las sirenas o del encanto de las hechiceras) e imaginar, crear, construir un futuro que de verdad sea futuro y no un espectro de un pasado falsificado?
El futuro solamente existirá si tenemos el valor de no cerrar los ojos ante lo realmente existente: porque no desaparece por decreto, sino que desaparecerá por la capacidad de inventar/descubrir, hacer un futuro. Solamente hay esperanza en la acción: acción humana, cargada de sueños, de pensamiento, de afectos.













