Hotel Abismo: Gabriela Mistral, pensadora nuestroamericana

Por Javier Hernández Alpízar

La poeta (premio Nóbel de literatura) chilena Gabriela Mistral, además de la obra poética que le vale el reconocimiento mundial, también escribió artículos periodístico-literarios. Como muchos intelectuales de su época, ejerció la docencia, la diplomacia y la reflexión. Fue una pensadora preocupada por el futuro de América (de Latinoamérica o Hispanoamérica) y de la formación, la educación de los niños, las niñas y jóvenes de nuestros países.

En su texto “El grito” recomienda a los maestros inocular el ideal de Bolívar en sus alumnos como una firme convicción, así como el conocimiento de sus mejores escritores (Martí, Sarmiento, Bello…) y de los territorios latinoamericanos. Recomienda a los periodistas no fomentar el desprecio de ningún país nuestro, sino abonar a su futura unión. A los artistas, cosechar en sus obras lo que ya comenzaron a sembrar Lugones, Darío o Nervo. A los industriales, encabezar una producción local y nacional o regional que haga frente a la invasión de la industria estadounidense. No aconseja odiar a los estadounidenses, sino lo que en nosotros nos debilita y nos pone a merced del poderío que ellos están forjando en pos de sus propios intereses.

Sintetiza así lo que ella piensa que nos une: “la América Española una, unificada por dos cosas estupendas: la lengua que le dio Dios y el Dolor que da el Norte.”

En “El tipo de indio americano” aborda el tema de la vergüenza de sus propios rasgos físicos indígenas que aprende el mestizo cuando le enseñan como ideal universal de belleza humana el caucásico, idealizando el tipo griego estilizado por Fidias, sin considerar que ni siquiera los blancos europeos se parecen al modelo idealizado griego clásico. Afirma que podría hacerse también un ideal de belleza reuniendo y estilizando rasgos de diferentes tipos indígenas americanos. Trata de que los maestros ya no reproduzcan un ideal de belleza eurocéntrico que haga al americano avergonzase de sus rasgos físicos propios. Es un tema de gran actualidad que hoy no se aborda con tanta franqueza.

En “La aventura de la lengua”, escribe para los californianos acerca de la aventura y el placer de aprender otra lengua y descubrir algo como un nuevo mundo, que en el caso de la lengua castellana abre tesoros como las literaturas de Lope y Quevedo, Gracián y Góngora. [Schopenhauer aprendió castellano para leer El Quijote, y su filosofía recibió influencia de Calderón de la Barca y de Gracián].

En “La Madre: obra maestra”, Gabriela Mistral reivindica algo que muchas feministas hoy no valorarían: el amor incondicional de las madres por sus hijos, tal que incluso si a los ojos de los demás sus hijos fuesen unos mediocres, ellas los aman y los cuidan como si fueran futuros genios y héroes.

En “La palabra maldita” reivindica la necesidad de defender el valor de la paz, en el contexto belicista de la guerra fría, en el que algunos escritores eran criticados por defender la paz.

Mistral continúa en la línea de Martí y Sarmiento, profundizando en la defensa de una identidad latinoamericana propia y genuina. A diferencia de Vasconcelos, no especula sobre una nueva raza que encarne esa identidad, sino que pide a los intelectuales, maestros, periodistas, artistas, industriales, hacer cada uno su parte para defender la unidad de los países hispanoamericanos basada en la unidad lingüística y en el dolor común que el dominio estadunidense les inflige.

En Europa, Arthur Schopenhauer lamentaba el olvido del latín que antaño unificaba a los intelectuales europeos y les permitía leer a romanos y medievales. En América Latina, la unidad del idioma nos permite leer a cualquier autor que escriba en castellano, desde el Siglo de Oro español (madre de las naciones de habla hispana actuales, según Gabriel Zaid), y entendernos y dialogar con personas de decenas de países (incluso hispanohablantes en Estados Unidos). Además, podemos aprender otras lenguas, como el portugués de los brasileños y experimentar ese placer de descubrir que Mistral señala.

Al igual que otras escritoras, como la poblana Elena Garro, Mistral no fue profeta en su tierra. El premio Nóbel les tomó por sorpresa, y ya después le dieron el premio nacional chileno de literatura. Nicanor Parra se burla de ello recordando que no le habían dado el premio municipal.

Por invitación de José Vasconcelos, Mistral vino a México y su presencia dejó huella. Generaciones enteras leímos textos suyos en los libros de texto gratuitos. Ahora podemos reencontrarla, al lado de otras escritoras y poetas, como pensadora, sembradora de ideales.

Céspedes, Mario, comp., Recados para América. Textos de Gabriela Mistral. Santiago de Chile: Revista Pluma y Pincel/Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz., 1978.

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