Una de las estructuras clásicas de pequeños y grandes relatos es la que pone al protagonista frente al encuentro, el hallazgo, de un objeto que lo deslumbra, lo obnubila y termina siendo su perdición. Es el caso del “El zahir”, de Jorge Luis Borges, cuento en el que un personaje encuentra una alhaja que le obsesiona y que terminará por hacer que no pueda pensar en otra cosa, hasta quedar como un pensador monotemático. También es el caso de “El saco embrujado”, de Dino Buzzati. Aquí el objeto que termina perdiendo al protagonista es un saco mágico y diabólico de cuyo bolsillo sale dinero en ingentes cantidades, aunque casualmente coincidan con las de hechos de la nota roja en las que han muerto personas en asaltos donde se perdieron cantidades idénticas.
Lo atractivo de estas historias, de las cuales hay muchos más ejemplos, como el cuento del diablo en una botella de Robert Louis Stevenson, es que corresponden a una experiencia humana profunda que ha ocurrido históricamente muchas veces.
Se trata de los procesos en los que el ser humano pone su trabajo, sus capacidades intelectuales y físicas, en la producción, la construcción, la materialización de un objeto, el cual, por las condiciones sociales de su producción, aparece finalmente como autónomo, poderoso y subyugante.
A todos estos objetos, producto del arte, la técnica y el trabajo humanos, que luego se erigen como superiores a sus productores y los subordinan y oprimen e incluso destruyen, los hemos llamado ídolos y fetiches.
Así el ser humano ha sucumbido al ser oprimido y a veces destruido por fetiches e ídolos como dioses, religiones, gobiernos, estados, sistemas sociales, políticos y económicos, capitales, mercados, dinero, finanzas, tecnociencia, dogmas, autoritarismos, máquinas, armas, ejércitos.
El éxito de esa opresión está en ocultar, en borrar, las huellas, los indicios que muestran quiénes son los verdaderos productores de los objetos, las instituciones, los sistemas. Esa borradura y olvido permiten que el objeto fetichizado se presente como autónomo y autosuficiente, increado, natural o sobrenatural, eterno o transhistórico: hijo solamente de la naturaleza de las cosas y, por lo tanto, inalcanzable, intocable, inmutable.
Lo grave no es solamente ese ocultamiento del origen, la genealogía, de su fuente, sus productores, sino que, puesto en un lugar privilegiado del orden social y mental de los seres humanos, muchas veces exige sacrificios.
Y los sacrificios normalmente son vidas: los niños que los cartagineses y otros pueblos del Medio Oriente arrojaban a las llamas en honor a Moloch; las doncellas que sacrificaban, según la mitología, en el reino minoico al Minotauro; los griegos sacrificaron a Ifigenia para tener vientos propicios que llevaran sus naves a Troya. En nuestra Mesoamérica, los mayas sacrificaban doncellas en los cenotes sagrados; guerreros capturados en las guerras floridas, a quienes arrancaban los corazones, los sacerdotes de los tenochcas o mexicas; incluso nuestros idealizados toltecas tenían sacrificios humanos.
El caso de Abraham a punto de sacrificar a su hijo Isaac es polémico, e importante, porque al final no hay sacrificio humano (aunque estaba a punto de haberlo) y las interpretaciones (a decir de Franz Hinkelamert) se dividen entre quienes dicen que lo importante es que Abraham estuvo dispuesto a obedecer y sacrificar a su hijo, y quienes dicen que lo importante es que no hubo sacrificio y en adelante no tiene ya por qué haberlos. Se rompe el fatalismo griego (por ejemplo, el caso de Edipo) para el cual lo que los dioses vaticinaban, destino, se cumplía siempre, contra la voluntad del ser humano y en cambio se abre la historia a la posibilidad de que no haya sacrificios nunca más. El cristianismo, con su centro en el sacrificio y la resurrección de su mesías, sería el fin de los sacrificios y un nuevo mundo en el que ya no habría necesidad de más sacrificios.
Sin embargo, los hay. El propio Hinkelamert que estudió los sacrificios en El mito de Abraham y el Edipo occidental, estudió los mitos que subyacen al poder en el mundo contemporáneo en Crítica de la razón mítica. Uno de los mitos del poder es el de sacrificar vidas para salvar vidas: guerras, bombardeos, armas nucleares provocan muertes para “salvar” más vidas.
¿Cuáles son los Molochs, los Minotauros o los Huitzilopochtlis a los que sacrificamos vidas hoy? Son empresas capitalistas, grandes corporaciones capitalistas del complejo militar industrial que está por encima de Estados, gobiernos e instituciones internacionales.
Se sacrifican vidas humanas (muchísimos de ellos y ellas civiles, infancias, juventudes, mujeres, hombres, ancianos y ancianas…) en genocidios; y se sacrifican animales y vegetales, ecosistemas completos, en el extractivismo ecocida que busca petróleo, gas (fracking), oro y plata, cobre, tierras raras, litio o biomasa: maderas preciosas, genes…
Los gobernantes, empresarios y militares son los actuales sacerdotes del culto pagano que sacrifica vidas, generaciones enteras, a los dioses sedientos de sangre del crecimiento, el desarrollo, el progreso, el futuro… hoy el transhumanismo, el aceleracionismo, sea de derechas o de izquierdas.
Esos anónimos dioses sedientos de sangre (mercados, capitales, tecnologías, tecnociencia, competencia interimperial e intercapitalista) son los modernos Moloch: los objetos producidos por el trabajo social masivo, pero privadamente apropiados y vueltos contra sus creadores como nuevos ídolos y fetiches que exigen sacrificios.
Esta referencia a Moloch vino a nuestra mente cuando Darin McNabb la retomó de Alan Gingsberg para usarla en su reflexión sobre la IA (inteligencia artificial). Las empresas que la están produciendo (por medio del extractivismo del trabajo y los saberes de millones de personas) están en una carrera intercapitalista que ya hemos vivido antes en la carrera aeroespacial (hoy rediviva) y la carrera armamentista.
No podemos ser optimistas; porque esa tecnociencia está en las peores manos, las de fanáticos de los sacrificios y los ídolos (y las ideologías) más reaccionarios. Y el sistema en el que compiten es una trampa: premia a lo peor y condena a quien no delinque a sucumbir ante sus competidores.
Cuando diversos críticos del orden presente acuñan términos como “tecnofascismo”, o como “tecnofeudalismo”, y como dice Amílcar Paris Mandoqui, “tecnoporfirismo”, nos están diciendo que llegamos al momento de empoderamiento técnico (y armado) de los poderosos en las peores circunstancias: con poderes salvajes que van destruyendo leyes, normas, límites y contrapesos a sus pretensiones dictatoriales, monárquicas e incluso totalitarias.
Necesitamos una “explosión de inteligencia”, pero no de las máquinas, sino de la inteligencia de los seres humanos de carne y hueso, y de los pueblos. Es hora de defender la vida, la singularidad de lo vivo, y el futuro de los seres humanos.
Casi ninguna organización política crítica (aunque hay valiosas excepciones de organizaciones ecologistas y ecosocialistas o anarcoecologístas, en fin) está tomando esta crisis en serio. Una de las pocas que está teniendo la lucidez de pensar y de actuar organizadamente ante esta crisis, son los zapatistas. Su visita a la Ciudad de México, fuera de sus territorios autónomos, donde están rodeados de un cerco militar y mediático, es valiosa porque ellos sí están ponderando el valor de la vida frente al sistema de objetos fetichizados que exigen sacrificar la vida en el altar del dinero y el poder.













