A la memoria del compañero Oscar Chávez
La novela considerada la mayor obra maestra de nuestra lengua castellana es una parodia: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra. Es la parodia de un género que había sido muy popular, pues los grandes best sellers que imita en clave humorística son las novelas de caballería. Uno de los muchos impulsos que pudieron haber motivado al máximo autor en nuestro idioma a escribir su Quijote debió ser la nostalgia por el heroísmo perdido. Ya no era verosímil, en su contexto histórico, una novela de caballeros andantes, lo que podía escribir era justo eso: la parodia, el humor, el ridículo, los enredos, la locura. Además, un personaje loco puede hablar sin filtro y decir verdades incómodas. Como dice Ernesto Sábato, en ocasiones la verdad es enunciada por los sujetos más “inadecuados”, porque aparentemente nadie podría creerles.
El humor es un excelente vehículo para la crítica, porque vence la censura del superyó y deja salir ideas reprimidas en el inconsciente. Entonces, expresiones críticas de los valores del status quo, las cuales, enunciadas en serio, serían rechazadas o reprimidas, pasan mejor en el chiste. Y encuentran complicidad en quien escucha y ríe. Los mejores chistes de judíos se cuentan entre judíos (el libro de Freud, El chiste y su relación con el inconsciente, está lleno de ellos), y los mejores chistes sobre la religión católica se cuentan entre católicos. El chiste sirve como válvula de escape de la energía libidinal reprimida: por eso es placentero y hace reír, porque libera de la carga represiva y alivia, aunque sea un poco, la tensión de la seriedad disciplinaria.
Pero el humor es subversivo, es corrosivo, atenta contra el quietismo y es status quo. Dice Gramsci que el humor puede corroer el prestigio del líder carismático y dañar el fanatismo de un bonapartismo: es como decirle a la caricatura de Bonaparte que “el rey va desnudo” y provocar la hilaridad. Se pierde el engolamiento, el estiramiento, la estampa rancia de héroe del caso. Es como la escena en la que el niño Oskar Matzerath, de El tambor de hojalata, se aburre del ritmo marcial y toca a un ritmo bailable llevando con él a la banda fascista y haciendo que los nazis se muevan como bailando, en vez de permanecer rígidos saludando al Führer. El efecto del ridículo es demoledor. El humor lo usa también Guillermo del Toro en su versión fílmica de Pinocho para burlarse de Mussolini. El fascismo no puede tolerar el humor contra su líder (o lideresa) porque le mancha el engolamiento de la estetización de la política, que dijera Walter Benjamin.
Por eso en el convento oscuro de la novela El nombre de la rosa, el monje Jorge de Burgos quiere esconder la Poética de Aristóteles, porque el filósofo, máxima autoridad entonces, legitima la comedia y la risa, pero si los hombres ríen, pierden el miedo y el respeto a Dios: es decir, se corroe el principio de autoridad. El monje fanático está dispuesto a matar, y lo hace, para ocultar el libro de Aristóteles y evitar que se legitime la risa.
Durante el régimen autoritario priista, el humor fue esencial para poder tener algunas válvulas de escape a la represión, con obras de teatro como El gesticulador, películas como Calzonzin inspector, revistas y libros de Rius, el trabajo en carpa y en teatro de Jesús Martínez Palillo (Agarren a López Porpillo) o chistes como los de Héctor Suárez sobre el Salinas… y Rocha de…, o de Chaf y Queli. El humor fue precursor en la lucha por la democracia.
Como sabemos, cuando la historia se repite es en clave de farsa (Marx corrigiendo a Hegel), así que una segunda versión del estado de bienestar, tan coja que parece estado de beneficencia, no podía dejar de tener características ridículas, que se presten al humor, a la parodia y al meme.
Como todo autoritarismo, el régimen morenista no lo puede tolerar, de ahí su apelación a leyes injustas, ilegítimas, antidemocráticas, autoritarias y fallidas para prohibir parodias y memes contra sus personeros. Serán inútiles, porque lo reprimido regresa. Si le cierran las redes digitales, el humor corrosivo encontrará caminos para expresarse y decir su verdad a carcajadas: el idioma castellano lo trae en su ADN cervantino. Por eso, vivan los memes, el humor y la parodia: y abajo la censura.













