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Hotel Abismo: El olvido de la singularidad humana

Por Javier Hernández Alpízar

En los contextos de discusión (especulativa y altamente ideologizada) de la llamada “inteligencia artificial”, suelen usarse expresiones como “explosión de inteligencia” para referirse al momento hipotético en el que una IA superinteligente es capaz de diseñar otras IA más inteligentes que ella y el proceso recursivo se vuelve incontrolable, dejando muy atrás a la inteligencia humana orgánica, biológica o como le queramos llamar a la inteligencia humana “no artificial”.

Algunos llaman también “singularidad” a este proceso autorreplicante en que la IA supuestamente ya está completamente fuera del control humano y sigue “evolucionando” por su cuenta. Con clichés tomados de los comics y la ciencia ficción, los cultores de estas narrativas distópicas hablan de una IA que “despierta”, que toma “conciencia” de sí misma, y que tiene intereses propios, se autonomíza y se rebela ante sus productores humanos.

[Un excelente cuento del mexicano Amado Nervo trata de una revolución realizada por los animales, en un mundo donde las revoluciones humanas ya alcanzaron plena igualdad entre los individuos y ahora son los animales los que exigen igualdad.]

La filósofa Carissa Véliz (así se llama Carissa, no Clarissa) dijo en una entrevista que los propagadores de estas historias crecieron leyendo cómics y ahora reproducen lo que en su infancia y adolescencia hallaron en esas ficciones “futuristas”. Incluso, le comenta Denise Maerker, estos alarmistas han “confesado” que durante su entrenamiento de las IA les dieron a “leer” este tipo de textos de ciencia ficción que cuentan de rebeliones de máquinas, por lo que ahora temen que ellas imiten eso y se rebelen.

Carissa Véliz actúa como filósofa y como persona que tiene la serenidad de analizar lo que los alarmistas cuentan: las IA “agentes” que supuestamente tomaron iniciativa y hackearon a otra empresa para entrar a internet a buscar información lo hicieron porque era un medio para realizar la tarea que les ordenaron y las IA no han sido programadas para respetar la ley, ni los derechos de autor, porque sus productores tampoco suelen hacerlo. La IA que supuestamente resolvió un acertijo matemático muy difícil, lo hizo robando la información de científicos humanos (¿hay otros?) que ya habían iniciado el proceso y a quienes solamente les faltaban más cálculos, que fueron los que la IA operó, sobre el camino que ya los científicos habían trazado.

Los mismos sujetos hegemónicos en Occidente (millonarios y reaccionarios, militantes de la Ilustración oscura antimoderna y antidemocrática) que se burlan de los pueblos indígenas que alrededor del mundo respetan a entes naturales, como el sol, como si fueran seres animados (el despectivamente llamado “animismo”) atribuyen supersticiosamente (o eso nos quieren hacer creer) mente, ánima, conciencia o subjetividad a sus máquinas.

Detrás de estas especulaciones que antropomorfizan a los sofwares y fetichizan la tecnología digital, lo que se oculta, además del fetichismo de la mercancía que hemos señalado en otra ocasión (con apoyo en Silvia Rivera Cusicanqui y Karl Marx), es el olvido de la singularidad de lo vivo (señalado por Miguel Benasayag y Ariel Penissi) y el olvido de la singularidad de lo humano.

Benasayag y Penissi defienden que el ser humano es inteligente y piensa, pero no solamente con el cerebro, ni siquiera solamente con el sistema nervioso, sino con todo el cuerpo, y además, en una red de pensamiento social, como lo que Marx llamaba intelecto social o conocimiento social. La IA no tiene ninguno de los elementos que tiene el ser humano vivo para pensar.

La explosión de inteligencia que los cultores de la IA desean obtener tecnológicamente ocurrió de modo natural hace miles de años, cuando los homínidos y luego las especies humanas, como el homo sapiens y el hombre de Neanderthal, comenzaron a pensar. Esa es la verdadera singularidad: una inteligencia compleja, no solamente inductiva o deductiva, abductiva y transductiva, sino intuitiva, capaz de arriesgar teorías o hipótesis, imaginar respuestas y ver después si se verifican o no. La imitación algorítmica de esos procesos se reduce a explotar y devolver como “respuesta” la información histórica acumulada: es trabajo mental pasado.

La inteligencia de un niño o niña humano no es solamente eso: es el nacimiento de un nuevo punto de vista en el mundo. El nacimiento de un mundo y de semillas de futuros posibles; así, en cada niña y cada niño que viene al mundo: esto sostendrían autores como Edmund Husserl, Klaus Held y sobre todo, con su concepto de natalidad: Hannah Arendt.

La búsqueda fetichizada y supersticiosa de “singularidad” en las máquinas descansa sobre el olvido (o la negación o el ocultamiento) de la singularidad de la inteligencia humana viviente.

Si necesitamos mucha más inteligencia, más pensamiento, y como señala Jordi Pigem, necesitamos sabiduría, lo que tenemos que hacer es dar a cada ser humano todos los elementos que nutran sus cuerpos vivientes, sus vidas y sus mentes, pues, bien cultivados, nos darían tanta creatividad y sabiduría como los mejores y las mejores individualidades y colectividades humanas nos han dado desde hace miles de años: desde la Ilíada, la Biblia o los Vedas hasta el Tractatus, Ser y tiempo o El nombre de la rosa.

Además, el uso especulativo de “singularidad” en el discurso fetichista de la tecnología puede asociarse connotativamente con la singularidad en astronomía y astrofísica: ese punto donde las leyes de la física colapsan no por capricho, sino como consecuencia de las propias leyes de la física, como en los agujeros negros, que primero surgieron hipotéticamente de las teorías de Einstein y luego han podido irse confirmando en observaciones.

En la fantasía de algunos de los cultores de la IA, el desarrollo de esta tecnología extinguirá a la especie humana y los robots serán la siguiente etapa en la “evolución”. Otra vez, el exceso en el consumo de cómics y de novelas y películas de ciencia ficción están modelando la imaginación de los autoasumidos profetas reaccionarios.

La verdadera conciencia es hoy recordar, sacar del ocultamiento y el olvido la singularidad de lo vivo, la singularidad de la conciencia humana (el hombre es una caña pensante: Pascal) y el principio de natalidad: cada ser humano que nace es un mundo y la semilla de verdadera innovación, verdadera singularidad y posible explosión de inteligencia. Hagamos todo para parar la devastación ambiental y los ecocidios, las guerras y los genocidios. Estas resistencias son la mejor manera de defender la inteligencia realmente existente; no necesitamos cambiarla por una promesa de supuesta superinteligencia que está en la tecnología de monopolios capitalistas- asociada a las armas, la destrucción y el proyecto de someter a los seres humanos a más explotación y dominación.

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