Por Javier Hernández Alpízar
En los años noventa, el filósofo checoslovaco Karel Kosík, recordado por su célebre Dialéctica de lo concreto, escribió una serie de reflexiones filosóficas, políticas y estéticas que luego fueron publicadas bajo el título de Reflexiones antediluvianas (en español, publicadas por Ítaca). Se anticipó a la metáfora o imagen con la que los zapatistas mayas han llamado al actual colapso o metacrisis civilizatoria- del capitalismo- del planeta: los zapatistas le llamaron la Tormenta; Kosík, el Diluvio.
En un par de los breves ensayos del libro, el filósofo checo usa el concepto de arquitectónica. En los titulados “La ciudad y la arquitectónica del mundo” y “El triunfo del método sobre la arquitectónica”.
Aristóteles (Política) dijo que las ciencias tienen como fin último la vida buena en la polis (la comunidad política) y que el saber superior que las ordena y las dispone hacia ese fin superior, la vida buena, es una arquitectónica. Esto significa que una sabiduría práctica tiene que ordenar, jerarquizar, dar estructura (arquitectónica) a los saberes.
Karel Kosík dice que esa arquitectónica es lo que permite a las comunidades o sociedades (los pueblos) saber qué es esencial y qué es accesorio; qué es importante y qué es secundario: por ejemplo la vida es esencial, los bienes materiales son secundarios, pues son meros medios para el fin (la vida buena); la paz es esencial (porque permite la vida), pero a veces no queda más remedio que la guerra (cuando es defensiva y es el derecho a la autodefensa de la propia vida personal y colectiva). Lo esencial es el tiempo libre, el ocio, el tiempo para la convivencia, y lo secundario es el tiempo de trabajo, el negocio, (lo que niega el ocio), el tiempo para proveerse de los medios necesarios para el tiempo libre-ocio.
Sin embargo, la vida moderna (capitalista, industrial, de “libre mercado”) ha trastocado esa jerarquía: ha puesto el valor de los medios (fetichizados) por encima de los fines: el dinero es más importante que el tiempo (la vida) o las mercancías son más importantes que las personas (trabajadores, productores, reducidos a mediación para la reproducción del capital).
Un ejemplo que Karel Kosík pone es el transporte, todos: autos, barcos, trenes, aviones. Todo se sacrifica a su majestad el transporte (que es transporte de mercancías y flujos de capital): historia, memoria, identidad, lo sagrado, la naturaleza, la soberanía, las comunidades humanas: todo se viene abajo, árboles, selvas, especies vivientes, comunidades indígenas y de todo tipo, para que pase por ahí un trazo carretero, un tren, un corredor, un canal, una autopista, una calle, el petróleo o el gas. En la ciudad, el automóvil determina el espacio: calles y avenidas, puentes y pasos a desnivel, segundos pisos, tréboles distribuidores de circulaciones, estacionamientos, estaciones gasolineras, fábricas, talleres de mantenimiento, el auto reina y el peatón camina por los espacios residuales que el paso majestuoso del auto deja.
Esto ocurre porque los pueblos y naciones modernos han perdido su arquitectónica: ya no distinguen entre lo esencial y lo accesorio; entre lo principal y lo secundario; entre los fines y los medios; entre los bienes y los fetiches o sucedáneos.
Por eso, dice Karel Kosík, hoy no hay una verdadera arquitectura, sino meros contenedores de personas y mercancías, meros bibelots que impresionan por su tamaño, pero no son monumentales, solamente son grandotes: palidecen ante la arquitectura verdadera, y la ciudad verdadera, cuya complejidad no era solamente visual o sensorial, sino vital, orgánica, una complejidad autoorganizada (Jane Jacobs, Christopher Alexander).
El fetichismo de los objetos y espacios arquitectónicos, el fetichismo de la tecnología, el fetichismo de las mercancías, el dinero y las finanzas (el centro dominante en la ciudad son los “rascacielos”, que representan al gran capital: bancos, bolsas de valores, centros financieros) afea la ciudad, la empobrece desde el punto de vista estético y vital. Ya no hay una poética de la vida cotidiana porque los objetos son efímeros. No tenemos una taza que reconozcamos, sino que tomamos café o refresco en un vaso desechable que luego va a dar a la basura.
Por ello no es extraño que para las “democracias” de mercado el ser humano no sea más que un consumidor-votante, que los seres humanos sean cifras demográficas, de consumo, electorales o, en el necropoder, cifras macabras: la fosa común de las estadísticas de víctimas.
¿Qué triunfó sobre la arquitectónica? Dice Kosík (basado en Nietzsche) triunfó el método, el funcionamiento. Todos alaban la eficiencia, que todo funcione, que produzca más y lo haga más rápido. Nadie piensa en el sentido, el para qué, el para quién, para quiénes, el ser de las cosas. Todos alaban el tener (más), porque los razonamientos numéricos son simples y rotundos: dos es más que uno, cien más que cincuenta, mil más que quinientos, un billón es más que un millón.
El método, que apareció en el Renacimiento como método científico, se extrapoló a toda la sociedad vía los procesos industriales (fordismo, taylorismo, toyotismo) y mecanizó el trabajo en máquinas y cadenas de producción, instalaciones y sistemas. Dice Darin McNabb que el conocimiento académico es producción industrial de conocimiento (incluso filosófico). El trabajo mental o intelectual también se automatizó en la computación, la cibernética y las máquinas digitales: el método, el funcionamiento, devino procesos codificables, algoritmos reductibles a números que luego se reimprimen en forma de textos, audios, videos…
Nadie se pregunta para qué (¿para la vida, para la muerte?) sino cómo producir más, ser más eficientes, ganar más, obtener más poder, más información, más control. Es una sociedad (un ser humano) incapaz de imaginar las consecuencias de su poder tecnocientífico, o bien incapaz de renunciar a él. Prefiere el negacionismo: “no hay pruebas”…
El triunfo del método (el funcionamiento, la eficiencia, la razón instrumental, el pensamiento calculador) sobre la arquitectónica, la sabiduría del buen vivir, es el fondo, la matriz, de este capitaloceno que nos acerca al diluvio, a la tormenta: Karel Kosík lo vio (como antes Nietzsche y Heidegger, la Escuela de Frankfurt y algunos otros).
Por medio de su propia experiencia histórica (la construcción de autogobierno, la autonomía o el común) los mayas zapatistas han llegado a conclusiones semejantes (Javier Sicilia los leyó en clave de Iván Illich, y un poco Jean Robert también): la destrucción (feminicidio planetario) de la Madre Tierra nos lleva al colapso, y ya estamos navegando la tormenta: hoy la lucha por la vida (la humana y la vida biológica y ecológica toda) rebasa las posturas superficiales de conservador o liberal (capitalista individualista) o de derechas o izquierdas: porque, o recuperamos la sabiduría del buen vivir (arquitectónica), o vamos al abismo.
Los zapatistas dijeron hace años que pueden unirse los saberes de la ciencia y el arte, los saberes de los pueblos originarios, y la literatura, como vehículo que los aúna. Dejaron fuera la filosofía, pero creo que está ahí, diluida entre la literatura (que la filosofía sea un género literario no está mal), los saberes de los pueblos (otras filosofías, otras cosmotécnicas, dice Yuk Hui) e incluso las artes y las ciencias: porque la filosofía es un pensamiento que se niega a encajar en la división del trabajo mental, y en la división del trabajo a secas. ¿Marx era filósofo, economista, periodista, historiador, literato; activista?
Panza arriba, como los gatos, nos defendemos del triunfo del método, del funcionamiento, sobre la arquitectónica, y vamos a recuperar el mundo para ponerlo de nuevo sobre sus cimientos, y con su arquitectónica: su sabiduría del buen vivir. Por ello tenemos que saber caer como los gatos, siempre sobre sus patas, y listos para dar el salto: otro salto por encima de nuestra sombra en la historia, para tratar de que las peores profecías no se cumplan, y que la vida triunfe sobre el funcionamiento.
