Cuando cayó el muro de Berlín, los entusiastas de un mundo unipolar cantaron victoria: democracia y libe mercado eran el fin de la historia. Pero un imperio unido no puede dar sentido a su ser y hacer sin un enemigo existencial: se inventaron el terrorismo, con facha de musulmán, como agazapado enemigo de una guerra sin límites.
Los adversarios no han sido finalmente ellos, sino China y Rusia, cuyo desarrollo económico los ha vuelto una seria competencia de los Estados Unidos.
Ahora los más conservadores y autoritarios representantes del poder del dólar (hoy desafiado), sectores vinculados al armamentismo y la guerra, son grandes admiradores del “modelo” chino: vertical, centralizado, con una élite que decide y ordena y a la cual todos los gobernados – dominados obedecen. Trump y la plutocracia que lo puso en donde está ven la democracia como un estorbo; quieren una dominación con mando central y vertical. Son representantes de una Ilustración oscura o una contrailustración: democracia y derechos humanos les parecen un estorbo para el desarrollo.
Toda institución, toda ley que limite su absolutismo (por ejemplo: el sistema Naciones Unidas y demás organismos mundiales) es un estorbo para su autocracia en su esfera de influencia.
Y puesto que la reactivación económica de un complejo militar-industrial atado a la guerra, a la muerte, el extractivismo y el petróleo tiene como límite la protesta de la naturaleza: el colapso climático-civilizatorio, ellos asumen el negacionismo: todo lo que impida un capitalismo extractivista y depredador les estorba.
Por eso el uso de la fuerza como “argumento”, multiplicado por el estruendo de los manotazos en la mesa.
Aunque en el caso de Estados Unidos se trata de un repliegue: renuncia a disputar sus esferas de influencia a China y Rusia y se concentra en América y Groenlandia.
Deja de pretender ser el policía mundial y reconoce sus límites ante las potencias emergentes que le disputan el planeta. Respecto al imperialismo anterior es un achique.
Tirar el sistema de derecho internacional, que si bien nunca rebasó un rol simbólico marcaba un estándar al que los defensores de derechos humanos podían apelar, y poner por delante la fuerza es desnudar la dominación. Sin que nadie tenga que decir que el rey va desnudo, el rey tiras sus ropajes, se desnuda de toda narrativa (democracia, derechos humanos, libre mercado, libertad) y asume que el poder es fuerza y dominación: ahí está su debilidad.
Es la hora de los lobos: cada Estado-complejo militar es un lobo de sus vecinos cercanos. Las víctimas son los pueblos, los civiles, ahora superfluos, ni siquiera “ciudadanos” de una democracia de bajo perfil.
Entonces los seres humanos, la personas, tienen que despojarse de las ilusiones de narrativas y legitimidades populistas: sus gobiernos (puesto que en ninguno de nuestros países hay la capacidad de resistir por las armas) se subordinan por pragmatismo, real politik e impotencia de sus “soberanías”.
Los pueblos, los civiles, tendrán que resistir no por heroísmo, sino porque quieren vivir y ante un sistema que les dicta y decreta muerte o esclavitud, los seres humanos tendrán que inventar formas de defender la vida (la vida humana y la vida de todo lo que esté vivo). Como ha expresado Ana Esther Ceceña, son esos pueblos, los seres humanos que han sido decretados superfluos, o colonizables, los que se ven obligados a inventar otras formas de vivir: nos va la vida en ello.
Tendrán que potenciarse los recursos de siempre de la resistencia y la rebeldía: ayuda mutua, autoorganización, autonomía, autogobierno, autodefensa, y como proponen precisamente unos de los pocos que hace más de una década advertían de esto que hoy ya no es el futuro cercano sino el ahora, los zapatistas del EZLN: el común.
La tormenta está aquí: la invasión de Ucrania, el genocidio en Palestina y hoy el intervencionismo contra Venezuela, y las amenazas contra América Latina y el Caribe, Groenlandia, Polonia y todos los pueblos, lo que hace falta es la respuesta solidaria entre pueblos, solidaridad no con gobiernos o líderes “carismáticos”, sino con los seres humanos de carne y hueso contra los cuales los capitales extractivistas, genocidas y ecocidas están decretando la guerra.
Baste el ejemplo de los estadunidenses que se están rebelando contra Trump, así tienen que alzarse los no, en forma, por ejemplo, de boicots como los que ya se están proponiendo contra el mundial (en Estados Unidos por la violencia represiva actual, en México, para apoyar a las madres y padres buscadores de sus desaparecidas y desaparecidos) y contra las mercancías de compañías de Estados Unidos.
Muchas otras formas de protesta, rebeldía y contrahegemonía habrá que inventar o reinventar de hoy en adelante: no podremos vivir sin hacerlo.
Que la rebeldía contrahegemónica sea un común.
