Paulatinamente, las muletas comenzaron a invadir las calles y espacios públicos. Al principio pensé que se trataba de una coincidencia, tal vez recientemente se habían accidentado muchas personas y sus médicos les habían recetado usarlas temporalmente. Pero el uso de las muletas fue creciendo y se fue volviendo cada vez más común, masivo, acercándose ominosamente a normalizarse.
Entonces comencé a escucharlo en las conversaciones, esas pláticas y diálogos que se escuchan en el transporte público no sólo sin querer sino aunque uno no quisiera oírlas: Las personas que no usaban muletas envidiaban a las que las usaban, y muchas estaban ahorrando o, peor aún, tramitando un crédito para comprar unas para poder usarlas y presumirlas.
Resultaba ahora que las muletas eran símbolo de estatus y poder, al menos de poder adquisitivo. Se vendían muletas en las tiendas en línea, muletas “lujosas”, supuestamente “anatómicas” y con “prestaciones” como WiFi, IA, y todo tipo de sofisticaciones tecnológicas.
Los productores (un monopolio mundial, desde luego) de muletas estaban convenciendo, qué digo, ya habían convencido a amplias capas de consumidores de que las muletas hacían a las personas más poderosas y les daban un signo distintivo de estatus social.
Una persona que caminaba sobre sus dos piernas era simplemente alguien que no podía darse el lujo de comprarse unas buenas muletas. En cambio quien las tenía y ostentaba era un ganador, alguien que podía tener una motricidad poderosa, ampliada por tecnología de punta.
Las personas que, por marginalidad socioeconómica o por seguir una facultad en desuso, el sentido común, seguíamos caminando sobre nuestras piernas comenzamos a ser discriminadas, estigmatizadas como personas obsolescentes, reacias al progreso, ultraconservadoras, y es que ya no había vuelta atrás.
Estudios recientes anuncian, sin asombro ni críticas, que las personas que se han acostumbrado a usar muletas están perdiendo la capacidad de caminar sobre sus piernas, y también están perdiendo la capacidad de andar por la ciudad siguiendo algún conocimiento propio de ella, porque las muletas tienen georreferenciadores que dicen a cada usuario por dónde caminar y en qué esquina doblar para llegar a “su destino”.
Quienes usamos nuestras piernas enfrentamos problemas para ser admitidos en los círculos sociales más diversos; y ya hay colectivos que están pidiendo que se nos restrinjan movilidades y derechos, aunque también hay colectivos de personas sin muletas que piden no ser discriminadas, e incluso colectivos que piden subvenciones y créditos del Estado para poder comprar muletas, aunque sean de segunda mano.
Grandes cantidades de personas usan modelos de muletas hechizas, piratas, realizadas artesanalmente, a contramano de las leyes que protegen la propiedad intelectual y la propiedad industrial de la única corporación mundial con patente y derechos de autor para producir muletas tecnológicas.
Los peatones sin muletas estamos quedando relegados en medio de una vorágine darwinista (quién sabe sin Darwin no se avergonzaría de lo que está pasando) que señala el uso de muletas como progreso y la pérdida de la capacidad de caminar sin ellas como símbolo de una nueva nobleza aristocrática.
Yo no me decido. Podría comprar unas muletas piratas y usarlas, al menos en público, para no ser visto como un fósil viviente, pero tengo el morboso apego conservador a caminar sobre mis piernas.
Además, de qué me serviría entrar tardíamente en la norma del uso de muletas, justo cuando está comenzando una nueva elite de consumidores que ya superaron el uso de muletas y cuya incapacidad para caminar les exige, y cuya capacidad de compra les permite, adquirir una silla de ruedas. Los modelos son lujosos, además tienen comando a voz: les dices a dónde quieres ir y ellas te llevan.
La ciudad ha cambiado, todos los espacios van siendo remodelados para el uso de muletas y los más lujosos, para el uso de silla de ruedas. Los ciudadanos progresistas pasan de la silla de ruedas o las muletas a sus autos inteligentes y ya no dan un paso sin esas prótesis.
Los que aún caminamos, tratamos de no ser vistos, disfrutamos a solas del placer de caminar o nos deprimimos y hundimos en abismos de dudas por no atrevernos a dar el paso y comprar unas prótesis tecnológica smart.
