A la memoria de Samir Flores Soberanes
En el más reciente Semillero zapatista (diciembre 2025-enero 2026), el escritor y militante uruguayo Raúl Zibechi, respondió a la convocatoria que propuso como tema las pirámides. Donde pirámide es la organización política (y social y económica) vertical, con una base de apoyo ancha y un estrato burocrático-administrativo que asciende verticalmente hasta un vértice superior que es una sola persona (tirano, dictador), o unos pocos (oligarquía o buró político central, nomenklatura o clero), de la cual bajan las órdenes para ser obedecidas.
En su comunicación, Zibechi incluyó una fragmento analítico sobre “la vanguardia” que, al igual que la pirámide, le permitió hacer una autocrítica desde la izquierda: se trató de un grupo de iluminados que no necesita consultar, preguntar, ni escuchar a nadie porque es depositario de, humildemente, la verdad, la luz.
Ser, o creerse, vanguardia, lleva normalmente al verticalismo (lo es de origen, pues la vanguardia es un vértice de pirámide), el autoritarismo, el dogmatismo y a veces el fanatismo y el crimen. Zibechi leyó o contó cómo vanguardias revolucionarias del tipo de la Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) en Guatemala, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en Nicaragua y El Salvador, y otras, usan un lenguaje despectivo, y lo que es peor, prácticas dictatoriales, incluso desde que son oposición insurgente, armada o electoral, para referirse a “las masas”, no como un sujeto, sino un objeto que ellos moldean y que sin ellos es amorfo, informe, nulo. Incluso en ocasiones las vanguardias (y algunas lo han reconocido, después de procesos de paz y de entregar las armas) perpetraron asesinatos de militantes que pensaban distinto, como el poeta salvadoreño Roque Dalton y la comandanta Ana María del FMLN.
Probablemente esa subordinación de “las masas” como materia prima de un demiurgo, un alfarero- vanguardia revolucionaria, se deba a lo que Hannah Arendt criticó no sólo a Karl Marx, sino al pensamiento moderno entero, especialmente a sus vertientes revolucionarias: olvidar la especificidad de la acción, como vida activa propia de lo ético y lo político, en donde se trata de pensar, discutir y actuar en colectivo, entre iguales (consejos revolucionarios, como los húngaros que ella admiraba) y confundirla con otra forma de vida activa el trabajo (arte y técnica) que se propone producir una obra y para ello puede sacrificar los medios (materia prima) porque la obra final es buena y justifica los sacrificios hechos en el camino. Como dijo Maximilien Robespierre, en la paradigmática revolución francesa: “para hacer una omelet, hay que romper unos cuantos huevos”, con lo cual justificaba el terror como medio para lograr el avance revolucionario.
Ahora, algunas corrientes que se siguen reclamando revolucionarias piensan que el fin no justifica los medios y que los medios deben ser tan democráticos y libres como el fin de libertad y justicia al que quieren llegar. No pueden usar y sacrificar a seres humanos como medios para un fin, por revolucionario que sea.
Las vanguardias no tienen el problema de la duda. Tienen, en lugar de pensamiento crítico, una ideología: una explicación simple que les puede aclarar todo (iluminarlo con su esclarecida luz) a partir de una sola premisa o de un solo concepto: clase, libre mercado, etnia, pueblo, género, historia, Dios en la historia, y en la derecha: raza, darwinismo. Explicaciones que, en algunos casos, si se complejizaran, matizaran y admitieran la duda, la discrepancia y el debate podrían ser racionales, en las ideologías de vanguardia son muros infranqueables que dividen al nosotros revolucionario (la vanguardia) de los otros que: o son masa a adoctrinar y moldear, o bien, si se niegan y resisten, son enemigos destinados a recibir el tratamiento de enemigos (huevos sacrificables para el omelet revolucionario).
Han habido vanguardias artísticas, vanguardias militares, pero son las vanguardias políticas (y las político-militares) las que desde que están en la lucha por el poder, van destruyendo toda pluralidad (y democracia), en aras de reino de Dios en la tierra, que llegará (mesías incluido) cuando tomen el cielo por asalto, o por las urnas, en cuyo triunfo ven una variante del asalto al cielo.
Para México, las vanguardias han sido nefastas, sepultaron lo revolucionario y lo elevaron a institución y luego a opresión: en el proceso de la revolución mexicana asesinaron a los magonistas, a Zapata y Villa, se apropiaron de algunas demandas populares y erigieron un Príncipe estatal: la dictadura perfecta. Y la vanguardia que está en el poder hoy es igual. Ellos son los buenos, ellos son el pueblo, todo lo que no se les subordina, obedece y calla es traición a la patria.
Las vanguardias latinoamericanas también han sido nefastas para México: Tomás Borge, del FSLN, terminó escribiendo un libro que dedicó a su amigo Salinas de Gortari y algún otro revolucionario, salvadoreño, Joaquín Villalobos del FMLN, asesoró al priismo en su contrainsurgencia antizapatista en los años noventa. Mejor ni hablar de cómo Echeverría y Gutiérrez Barrios (informantes de la CIA y represores en 1968, 1971 y la guerra sucia) eran tratados por Castro como héroes de la revolución cubana, para escándalo de los guerrilleros mexicanos exiliados y desmovilizados en Cuba (Carlos Montemayor, en su libro La violencia de Estado en México: antes y después de 1968). Incluso poco se destaca en el recuento del ascenso de Nayib Bukele, represor, dictador y campeón del populismo punitivo, que salió de las filas del partido electoral FMLN y de ahí pasó a la fuerza política que lo llevó al poder.
En México hubo vanguardias revolucionarias violentas como las camisas rojas del tabasqueño Garrido Canabal, héroe para los cardenistas de su época, pero poco rescatable desde el democratismo posterior; y burocráticas, como Vanguardia Revolucionaria de Jonguitud Barrios, líder del SNTE antes de que Salinas nombrara en su sustitución (directamente en Los Pinos) a Elba Esther Gordillo.
Así se comportan los obradoristas que llegaron al poder por las urnas en 2018, como si hubieran tomado el poder por las armas: se creen una vanguardia de iluminados, como Taibo II, que publica en el FCE sus locuras y caprichos; o como Marx Arriaga, que usa una retórica basista, pero hizo los libros de texto desde arriba, para llevar la luz a los docentes y los discentes y al amorfo pueblo al que quiere enseñar a ser comunidad (mientras los programas sociales de la 4t son individuales y destruyen tejido comunitario y el medio ambiente, como Sembrando vida). Siempre la vanguardia llevando la luz, dando línea y modelando a las masas obedientes de quienes quieren gobernar al país por décadas (como hizo el PRI): para hacer una omelet ideológica hay que fundir unos cuantos cerebros.
En la izquierda hay estupor, pasmo y parálisis, porque no puede hacer críticas que hagan pensar al respetable que está de acuerdo con “la ultraderecha”, y no tiene un pensamiento político propio que no esté impregnado de nostalgia de las dictaduras “buenas” y las vanguardias revolucionarias: al apagarse Moscú, ha buscado en vano una nueva luz, un nuevo Vaticano ideológico. Algunos incluso creen verlo en Putin, el chiste se cuenta solo.
Es por eso que los zapatistas del EZLN se cuecen aparte, porque procuran tener una praxis democrática y un pensamiento propio, y no abandonarse a la haraganería de una ideología, y porque se han negado a ser una vanguardia. Si algunos quieren consumir e imitar su pensamiento (o al menos su léxico) como si fuera una ideología al uso, es por esa nostalgia y el síndrome del miembro fantasma que experimenta muchas veces una izquierda en la orfandad ideológica.
Pero para eso los zapatistas no son fáciles de “recuperar”: a las ortodoxias les incomoda por ejemplo que condenen la invasión de Rusia a Ucrania y piensen en el pueblo ucraniano; que apoyen al pueblo palestino pero no odien ni pidan la extinción de pueblo de Israel; que apoyen al pueblo de Venezuela y al de Cuba, pero no a gobiernos, sino a pueblos. Tampoco es cómodo que critiquen el vanguardismo ecocida y destructor del tejido social del obradorismo, como antes criticaron a los neoliberales, ayudando, con un alzamiento armado y una marcha masiva, a derribar las efigies de Salinas y de Fox.
Desde luego, la derecha también tiene sus vanguardias y sus pirámides, y de hecho cuando una izquierda, un movimiento social que quiere el cambio radical, construye una pirámide o una vanguardia, se corre a la derecha, y es más fácilmente rescatable para el capitalismo y formas de opresión peores, dictatoriales y totalitarias.
De ahí la necesidad de que la izquierda asuma una postura pluralista, democrática, no vanguardista, y que renuncie al peligroso dogma y práctica de que “el fin justifica los medios”: cambiar el mundo no es hacer omelets. De hecho, el apotegma “el fin justifica los medios” es el pivote ideológico del desarrollismo capitalista y del capitaloceno.
