Hotel Abismo: La IA y la defensa del trabajo humano

Por Javier Hernández Alpízar

El relato de terror de un exempleado de Open AI y de Anthropic, reforzado en perfecto nado sincronizado por los magnates de los emporios digitales más importantes, al menos en los Estados Unidos, anunciando: “¡hemos creado un monstruo!” es un caso transparente de fetichismo de la mercancía.

La pensadora y activista boliviana Silvia Rivera Cusicanqui declaró en al Zócalo de la Ciudad de México hace unos años que la tecnología es hoy el más grande fetiche.

La compañera le dio al clavo: la palabra “fetiche” nos lleva a una explicación bastante esclarecedora que si no agota, al menos da las mejores pistas para entender la fascinación, entre la adoración y el terror, que las máquinas procesadoras de algoritmos digitalizados están causando, además del éxito en venta de temporada. (Algoritmo es todo procedimiento de trabajo: instructivo, receta, fórmula, protocolo, método, técnica en pasos…)

Antes de Marx, la palabra “fetichismo” se usaba en el contexto de los discursos y estudios sobre las religiones y la magia, sí, esa herramienta que la humanidad usó antes de la tecnociencia para tratar de dominar a la naturaleza.

En el contexto de las religiones y magias, la mirada escéptica moderna encontró que cuando un ser humano hacía un objeto de cerámica, madera, piedra, tela, oro o cualquier otro material y luego le atribuía poderes sobrehumanos y se sentía subyugado por esa creación de sus manos estábamos ante un caso de fetichismo: algo hecho (hechizo) por las manos humanas era pensado como si hubiera existido por sí mismo, de manera no solamente autónoma, sino que ahora era más poderoso y podía dominar al ser humano: un amuleto, un objeto mágico, un ídolo, un dios pagano, como el Becerro de Oro, Moloch, uno de esos.

Hombre culto y conocedor de estos meandros de las teologías y las mitologías, Marx retomó esa idea (metáfora o imagen en un inicio) y la convirtió en un concepto central en su análisis del capital: desde el análisis mismo de la mercancía: Al igual que el Becerro de Oro, la mercancía (su valor de uso y su valor de cambio o valor a secas) es producto del trabajo humano, pero como es apropiada por el capital (por los capitalistas) aparece ante el ser humano como independiente y además como superior a él.

En un tren (La Bestia) de Centroamérica al norte, viajan en cada vagón, bien flejadas, protegidas, aseguradas y cuidadas por las fuerzas armadas, las normas jurídicas, y las reglas del “libre mercado”) las mercancías; y encima de cada vagón viajan bajo el riesgo de su vida, de su integridad física, expuestos a la muerte, la mutilación, la desaparición, el secuestro, la extorsión, la violación y todos los peligros que les pueden deparar la migra mexicana, extensión de la migra estadunidense, y el crimen, las y los trabajadores pauperizados, hombres, mujeres, niñas y niños, despreciados, discriminados, explotados y depredados por las leyes del mercado. Si eso no es fetichismo de la mercancía, no sé qué pueda ser.

El fetichismo consiste en que el producto aparece como independiente del proceso de trabajo que le dio origen. El ídolo aparece como un dios que pide sacrificios, sangre, guerras floridas. La mercancía aparece como un objeto poderoso que requiere pagar un precio, pagarlo con el tiempo de trabajo necesario. Su libre circulación (de la mercancía) exige mercados libres, libres de regulaciones, de límites, de ética o moral alguna: la ganancia es un fin que justifica todos los medios, despojo, destrucción de la naturaleza, guerras, extractivismo, crimen, trata de personas, esclavitud asalariada y esclavitud a secas.

Pero si una mercancía cualquiera: una corbata, unos zapatos, unas medias de nylon, un automóvil, están rodeadas de un aura que las sacraliza (el aura que desapareció o al menos palideció con la reproductibilidad técnica del arte, como dijo Walter Benjamin, reapareció en las mercancías, el dinero, las finanzas y los capitales, los ídolos de hoy), un aura aún mayor rodea a las máquinas resultado de los procesos de automatización del trabajo, especialmente a las que automatizaron el trabajo mental (Matteo Pasquinelli, El ojo del amo, Fondo de Cultura Económica).

Por eso, desde las computadoras, los smartphones y las tablets hasta estos softwares sofisticados llamados “inteligencia artificial”, los seres humanos están deslumbrados porque esos aparatos pueden hacer velozmente lo que a los seres humanos les costaría mucho tiempo: textos, imágenes, audios, videos, gráficos, imitaciones de música y de pintura o gráfica, etcétera.

Además, las grandes empresas capitalistas, que aspiran a ser cada vez más multimillonarias cobrando rentas por el uso de sus softwares “inteligentes”, los han rodeado de una narrativa, un relato aurático, como el santo Grial del siglo XXI que cumplirá las promesas de la magia, la alquimia y hasta los genios de los cuentos: “Hey, Meta, resuelve los problemas del mundo”…

Sin embargo, la tecnología de “IA” es una suma de automatización del trabajo mental, extractivismo, espionaje, explotación laboral (imaginemos el alza de la plusvalía relativa que se logra con máquinas tan potentes), carrera armamentista y competencia intercapitalista e interimperial.

Como los dioses antiguos sedientos de sangre y de sacrificios humanos, los capitales actuales presentan sus ídolos digitales para que el público los tema, adore, envidie (una empresa se llama NVIDIA), los reverencie.

Lo dramático es que destruir el fetichismo de la mercancía no es un proceso puramente intelectual o mental: no es como los pensamientos inconscientes reprimidos que una vez sacados a la luz por el psicoanálisis empiezan a dejar de movernos. Uno puede leer el primer volumen de El Capital de Marx (Siglo XXI) y entender mentalmente, racionalmente, lo que es el fetichismo de la mercancía, pero al terminar la lectura y cerrar el libro, sigue viviendo en un mundo en donde todo el proceso económico, social, político, histórico entero gira alrededor de la producción, distribución, compra-venta y consumo de mercancías: así que el fetichismo no desaparece.

Solamente desaparecerá cuando las y los trabajadores no puedan jamás confundir el valor de uso del producto con un poder externo, ajeno y autónomo, y eso solamente pasará cuando el sistema no produzca mercancías sino solamente objetos de uso y consumo: es decir en una sociedad postcapitalista.

En tanto, como la mercancía es un fetiche y está rodeada de un aura sacralizante que la hace aparecer como independiente de la voluntad del trabajador y de la humanidad toda, tenderemos a creer que esos productos pueden llegar a tener “vida propia”, “conciencia”, voluntad y “reticencias teológicas”. Por eso la IA es para unos una suerte de dios pagano, una compañera o compañero sentimental, un genio que te contesta todo lo que le preguntas o por lo menos un loro estocástico costoso.

No es entonces casual que ahora las IA aparezcan como los jinetes del apocalipsis: en cierta forma lo son. No porque vayan a autonomizarse y ellas (robots como humanos evolucionados de Silicon Valley) matar a los seres humanos, sino porque forman parte de un proceso capitalista depredador y destructor de la vida en el planeta mediante la devastación ambiental del capitaloceno, mediante extractivismo y ecocidio, mediante genocidios y guerras, mediante espionaje y control social de ambiciones totalitarias, mediante tecnofascismo, mediante eso que el capital sabe hacer muy bien: sacrificar al trabajador (trabajo vivo) al trabajo muerto.

Por lo pronto, así como las y los trabajadores del mundo necesitan unirse, organizarse y luchar contra el capital, necesitan ahora también defender el trabajo todo (incluido el trabajo mental, tantas veces despreciado incluso por los marxistas vulgares) y las capacidades cognitivas humanas: leer, escribir, pensar, discutir presencialmente, estudiar, hacer matemáticas, hacer ciencia y artes y técnicas manuales humanas, pero sobre todo, estar listos para enfrentar juntos lo que las grandes empresa capitalistas quieren hacer: desemplear y precarizar mano de obra, sustituirla por tecnología sofisticada y aumentar la plusvalía.

Aunque la IA no se “libere” de sus creadores como Frankenstein, su solo uso exclusivo por parte de capitalistas ultrarreaccionarios (los de la Ilustración oscura) y protofascistas es ya un peligro para más del 99.9% de la humanidad. El peligro es el capitalismo y su pulsión necrófila, su necropoder.

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